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Un viajero vuelve del Japón, y al final de su relato nos dice: "...por lo demás, todos los japoneses son iguales". No hace falta más: sufre de Efecto Japonés.

El arquitecto Rafael Iglesia Uno, o sea Felito, para peor lanzado en
el Tren Bala desde Tokio a 400 kilómetros por hora, no consigue
descifrar los carteles de las estaciones. Hasta que un guarda bilingüe
se apiada y le aconseja: "...vea, Ud. bájese a las 18.43: ésa
será su estación". Este episodio da lugar a una clásica
variante del Efecto ("todos los japoneses son puntuales"), a la
que siguen otras más elaboradas ("a todos los japoneses les gusta
el tango") y las versiones locales: todos los japoneses son tintoreros
(así como todos los coreanos atienden supermercados)
El Efecto es un atajo, pero sin salida: cuando todavía no hemos
visto lo suficiente, nos refugiamos en una conclusión instantánea,
multiplicando al infinito un rasgo o una anécdota. Vale para cualquier
grupo o conjunto, sea en tono admirativo (todos los alemanes son organizados,
todos los brasileños tienen ritmo, todas las modelos son flacas),
o peyorativo (todos los políticos son corruptos, los blancos no
pueden jugar en la NBA, todas las computadoras son estúpidas).
Ahora bien, en arquitectura, urbanismo y diseño también se sufre, y a veces agudamente, de Efecto Japonés.
Un historiador equis, evaluando la arquitectura del siglo XIX, la fulmina
por considerarla nada menos que un Baile de Máscaras. ¿Efectivamente
este hombre no encuentra más que disfraces, o bien se está
sacando el problema de encima?, ¿es posible encajar a un John Ruskin
en la comparsa?
Se nos advierte: "las grandes ciudades, de Europa, de América
del Norte, de América del Sur, de todo el mundo, se han desarrollado
con perversión". ¿No nos estarán inoculando con
Efecto Japonés?.
Heroicos pioneros nos empujan a la siguiente antinomia: los ingenieros,
que se fijan en el volumen y calculan todo, son claros y objetivos; pero
los arquitectos, estragados por la tradición y la simetría,
no sólamente son confusos, sino incluso poco viriles.
Más: una poetisa se abruma ante un paisaje urbano de cuadrados,
cuadrados y más cuadrados. Tal vez ajusticie a Prebisch, pero ¿y
las curvas de Kalnay (Juncal y Esmeralda), los cilindros y pirámides
de Virasoro (Casa del Teatro, Florida y Diagonal), las bóvedas de
Bonet en la hostería de Puna Ballena?
Y así sigue su marcha aplastante el Efecto Japonés, por escenarios propios y ajenos, antiguos y modernos.Todos los arquitectos renacentistas eran pintores. Todos los obreros egipcios eran esclavos. Todas las catedrales eran blancas. Todas las calles de La Plata son diagonales. Todos los posmodernos son frívolos. Todas las torres son excepciones. Todos los shoppings son no- lugares.
Claro está que no cualquier generalización es Efecto Japonés. Si se examina atentamente una razonable cantidad de fenómenos o ejemplares, es plausible ensayar una hipótesis. La buena generalización, que se ejercita para conocer, conduce a nuevas preguntas. El Efecto, que las anula todas, consolida la ignorancia. "Como el recuerdo de los errores habidos ha vuelto al hombre cada vez más circunspecto, se ha observado cada vez más, y se ha generalizado cada vez menos." (Henri Poincaré, "La ciencia y la hipótesis")
A su vez, en referencia a un célebre tratado del Quattrocento,
dice Carlo Ginzburg ("Mitos, emblemas e indicios. Morfología e historia"):
"La propensión a borrar los rasgos individuales de un objeto
se halla en relación directamente proporcional a la distancia emotiva
del observador. En una página del "Tratado de arquitectura", Filaretes
afirma que es imposible construir dos edificios exáctamente idénticos,
tal como, a pesar de las apariencias, las ‘jetas de los tártaros,
que tienen todos el rostro de un mismo modo, o bien las de los de Etiopía,
que son todos negros, si bien los miras, encontrará que hay diferencias
en los parecidos.’ A los ojos de un arquitecto europeo- sigue Ginzburg-
las diferencias, incluso mínimas, entre dos edificios (europeos)
eran relevantes, en tanto que las que separaban a dos ‘jetas’ tártaras
o etíopes resultaban desdeñables...".

Así, la causa del Efecto no es metodológica, sino afectiva. Cuando no se quiere ver aquello que resulta extraño o irritante, se procede a homogeneizarlo. De ahí que se hable de "matar con la indiferencia", vinculando el desprecio con la igualdad.
Addenda:
Acerca
de los Enanos de Jardín
¿No había Efecto Japonés en aquel público
debate sobre los Enanos de Jardín, entre César Carli vs.
Rodolfo Livingston & Mario Sabugo, sostenido allá por 1984 en
las páginas de Clarín Arquitectura?
¿No era un poquillo enano de jardín aquel Chancey Gardiner de la novela y el film Desde el Jardín?. Si, aquel personaje interpretado por el finadito Peter Sellers; quiero decir, ¿no era un poco como serían los enanos si hablaran?. Atendiendo desde luego a que Chancey no hablaba mucho que digamos; hablaba poco, lo que inducía a sospecharle sabiduría.
Por fin, desde Bourdeaux, Francia, el heroico Ingeniero Rafael Iglesia Dos Il Giovane, nos informa de un movimiento local (de allí) enderezado al rescate de enanos de jardín. Sus integrantes secuestran a los enanos de los jardines ajenos, y luego los abandonan restituyéndolos en las forestas y bosques más apropiados, eximiéndolos de todo contexto urbano. Pari passu, parece que este movimiento tiende a fortalecer la demanda de enanos en los hipermercados, ya que sus propietarios no esperan para reponerlos. ¿Que hay de Efecto Japonés en toda esta historia con la que este corresponsal nos reconforta? (o nos engaña)
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ARQUITECTURA EN LINEA© 1998
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