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Mario Sabugo
BREVE HISTORIA DEL PIRUCCISMO

Próspera N. Mannini de Cannavaro, detta La Piruccia, nació en el partido de Barracas al Sur, Provincia de Buenos Aires, el trece de marzo de 1869.
Fue criada amablemente en el seno de una familia de inmigrantes italianos, siendo casada a temprana edad por sus padres. Dió a luz un crecido número de hijos, cuya cantidad exacta todavía es motivo de controversias. Por lo demás, consagró llanamente su juventud a los menesteres domésticos, en convivencia ejemplar con su cónyugue, un comerciante de ultramarinos de moderados caudales.
Se preparaba sin embargo para su hora.
Mientras iba del fogón al patio, o de la feria a la mercería, ya se encontraba a sí misma encarando discretos prolegómenos de su indagación, que por otra parte acompañaba luego en su gabinete de costura con pertinaces estudios vespertinos, tal vez algo desordenados, pero que mostrarían oportunamente su fertilidad.
Será recién en su primera madurez, circa 1925, que la figura de la La Piruccia, sumida hasta entonces en las ataduras cotidianas, se desplegará brillantemente en el mundo de las ideas. Si bien, como se verá, no será justipreciada hasta mucho después de su florecimiento ya que, como es frecuente, no fueron sus coetáneos los mejor apercibidos, ni los que mayores rendimientos extrajeron de sus aportaciones.
Lo que eleva a la Sra. Mannini de Cannavaro a una posición privilegiada en el panorama intelectual del siglo es, ante todo, una praxis, mientras que los escasos escritos emanados de su pluma cumplen un papel esencialmente accesorio.
Necesariamente debe observarse que, desde las postrimerías del siglo XIX, la filosofía había quedado despojada en medida significativa de su influjo sobre los dominios de la cultura. Campeaba, por ello, la sensación de un epigonentum que propendía a circunscribirla a un cauce cada vez más estrecho.
En este singular contexto, las experiencias de La Piruccia se distinguieron por dos caracteres que fueron, por un lado, su atrevida ruptura de la frontera entre vida práctica y ciencia de gabinete; por el otro, su sorprendente metódica, que ataría a su horizonte una muchedumbre creciente de objetos, vivencias y estados de consciencia.
Abrumada su época por discusiones recurrentes acerca de sistemas y puntos de vista (así de los epistemológicos y críticos como de los metafísico- especulativos) emergió el suyo como un pathos inconfundible, por su entrega intuitiva, su inclinación a la experiencia, y su adecuación puntillosa a las particularidades de su campo de investigación.
Para la Mannini fue recurrente el problema del yo ajeno, el saber concreto de los otros fuera de la propia consciencia: un problema percibido en rigor sólamente una vez: nos referimos a Fichte. Fue así que identificó el universo del prójimo colectivo como el preciso ámbito para poner en marcha sus pesquisas.

Seguiremos aquí al Dr. Manfredo Porcel de Peralta, habitualmenre reconocido como su biógrafo por excelencia. En su volumen "Gentilezas del Riachuelo" (Erregé, Buenos Aires, 1949) nos informa acerca de los procedimientos piruccianos en aniversarios, velorios, festividades anuales y otros eventos semejantes. Doña Próspera se situaba canónicamente en una posición central de la mesa o del círculo de asistentes. No hacía manifestaciones significativas de inmediato, pero a medida que la comida, el brindis o festejo avanzaba La Piruccia, hasta allí una más, iniciaba sus indagaciones. Dirigiéndose primeramente a sus vecinos y sucesivamente a los más alejados, su ceremonia seguía un triple liturgia: la Inquisitoria, la Solicitud y la Degustación.
Permitámonos, más directamente, comprender estas fases con las propias imágenes del Dr. Porcel de Peralta, aún cuando sus líneas permiten vislumbrar que el autor no habría sido del todo consciente de la significación de su relato:

"La Piruccia, que permanecía en un segundo plano, se limitaba a observar. De pronto era su momento. Fijaba sus ojos, por ejemplo, en su sobrino Manolo y le preguntaba: ‘Manolo, ¿que comés?’. Manolo, que conocía las reglas, respondía: ‘Matambre’. ‘¡Ah!- seguía la Piruccia- ¿no me das un poquito?. Manolo procedía a apartar una parte discreta de su porción, para depositarla en el plato de la Maestra, que lo probaba de inmediato. A continuación, la Piruccia descubría, cerca de Manolo, una pastilla gris e iba de nuevo a la carga: ‘Manolo, ¿que és esa pastilla?’. Manolo le informaba que era un específico para el páncreas y tal vez agregaba alguna indicación terapéutica, pero la Piruccia ya pasaba a la fase siguiente: ‘¿No me das una?’, luego de lo cual se la tomaba sin más."

No se tiene noticia acerca de la etiqueta exacta de la ceremonia que como tal, parecería no haber sido jamás de alta relevancia. La Piruccia podía tomar el bocado como fuera, podía entregar su plato o dejar que le fuera acercada la ofrenda, e incluso era factible que se incorporara y se trasladara hasta la posición del interrogado, aunque ésto último se fue tornando cada vez más inusual, de manera que en las contadas oportunidades en que sucedía daba pasto a inquietos comentarios y agitadas especulacioes entre los prosélitos.
 La médula de la ceremonia pirucciana residía sin lugar a dudas en la reiteración estricta de la secuencia inquisitoria- solicitud- degustación, expandida por la pensadora hasta agotar todas las posibilidades disponibles. La liturgia manniana, por cierto, no se detenía en la acotadas taxonomías de la golosina, la bebida o la medicina. Los circunstantes también eran requisados de tabacos, afeites o indumentarias, en una combinación de gestos que La Piruccia administraba con exquisita destreza, en una visible y persistente maduración de su ricerca. Una velada en Puente Alsina, que en los preparativos no pasaba de rutinaria, se transformó en inolvidable desde que la Piruccia desplegó allí una triple secuencia sin antecedentes: cató ensalada rusa, se probó rápidamente un poncho, y por fin se matizó delicadamente el cabello con un novedoso vaporizador americano.
Desde luego, no era impertinente a sus experimentaciones la atmósfera familiar, o al menos doméstica, por la cantidad de asistentes, la contenida diversidad de menúes, y la accesibilidad intuitiva del espacio íntimo.
Las minuciosas ceremonias presididas por la Mannini asimismo atravesaron una etapa de profusión omnívora, en la que adquirieron duraciones extraordinarias. El Dr. Porcel de Peralta anota que la Nochebuena de 1929, celebrada en el domicilio de un cuñado suyo en Villa Soldati, se dió por terminada en las vísperas de Reyes. Pero como veremos no era ésta la auténtica cuerda de la Maestra de Avellaneda.
Asimismo los tiempos heroicos del anonimato se desvanecieron con el advenimiento de los primeros acólitos vocacionales, estimulados por los crecientes comentarios, a veces un tanto fantásticos, que proliferaban en ambas orillas del Riachuelo. Además, la pequeña burguesía ribereña se convenció de la supuesta elegancia de los eventos piruccistas, de tal manera que familias de Valentín Alsina, o de Piñeyro disputaban por los necesarios contactos para acceder, como fuera, a los salones indicados.
Los fútiles riesgos de una fama desviacionista se hicieron evidentes poco después que fueron introducidas ante La Piruccia ciertos sospechosos managers que, contra el consejo de sus colaboradores más inmediatos, llegaron a convencerla de efectuar una serie de eventos en el Centro, con gran promoción previa y entrada paga. Se organizó así una sonada reunión degustativa en el prestigioso Restaurante Lo Prete, en el Barrio de Montserrat, que se cumplió a mediados de 1933.
Es necesario admitir el innegable éxito de público y aún la exorbitante difusión del ágape por parte de los medios de comunicación. Una importante broadcasting capìtalina transmitió el evento en directo, destacando al efecto un notorio relator de combates boxísticos.
Pero hete aquí que La Piruccia, afectada no se sabe si por la estentórea multitud o por el mismo desplazamiento hacia sectores urbanos poco propicios por su lejanía a las fuentes, cayó en una suerte de desinteresada inapetencia, que desilusionó a fieles y curiosos, luego de lo cual optó por retirarse de la escena durante un lapso más que prolongado.
A la distancia, ahora caben pocas dudas (y así tememos que debe haber concluído igualmente la protagonista) de que la Mannini era una pensadora de índole nada más, pero nada menos que local. Cuyo Jordán era el Riachuelo con sus queridas aunque deterioradas riberas. Aleccionada por la amarga experiencia del Lo Prete, la Maestra desde entonces no quiso influír más allá de un perímetro que, centrado en su santuario avellanedense, se extendía desde el Doque hasta Puente Uriburu y desde Ingeniero Budge hasta Lugano, a lo sumo Mataderos.
Para decirlo de una vez, La Piruccia nunca aceptó rendirse ante el desvanecimiento de sus antiguos e íntimos entornos de anonimato. Los pertinaces comentarios riachuelenses, acercando a su círculo crecientes contingentes de acólitos, dilettantes y vocacionales, habían desfigurado sus amables reuniones en fenómenos exhuberantes. En Pascuas de Resurrección de 1938, Doña Próspera cortó por lo sano y vetó el acceso indiscriminado de los desconocidos de siempre que adulteraban los arcanos sabores de la ceremonia pirucciana, e incluso sus ritmos esencialmente domésticos.

Puede contribuir a una comprensión humanamente integral de La Piruccia algún apunte en torno a su fisonomía y aspecto. La iconografía disponible, compuesto en lo esencial por fotos sobre cartón y retratos a la carbonilla, no es precisamente satisfactoria. Son, paradójicamente, las descripciones de un fiero adversario conceptual las que, a su pesar, nos proveen la pintura más acabada y vivaz de la Mannini. (Véase Isaías Vilanova, "Miseria del Piruccismo", Broquel, Bs. As., 1944):

 "Próspera, que acusa alrededor de 70 años- aunque sus catecúmenos murmuran indefendibles fantasías acerca de su verdadera edad- no podría catalogarse como gruesa ni como delgada. Sus excesos prácticos e ideológicos no parecen haberle dejado su acostumbrada huella. Debe medir un metro sesenta, dato éste que transcribo por razones técnicas, pero de poca utilidad en un personaje que ha hecho de la mesa su laboratorio predilecto. No sufre problemas de vista u oído, y va de suyo que el tacto, el olfato y el gusto, sus caballitos de batalla sensoriales, son inexpugnables. Canosa, se presenta ante sus fieles correctamente peinada, sin despropósitos geométricos ni cromáticos, luciendo vestidos claros, calzado negro sin taco y medias opacas. Sus lentes, de regular aumento, cabalgando sobre un apéndice natal prominente, le agudizan la mirada y el brillo de los ojos, ya que adolece de un lagrimeo persistente. Gesticula moderadamente, pero cuando sonríe se le adivina una dentadura titánica. Está generalmente muy atenta a lo que sucede, pero ante todo- como la clase capitalista misma- a lo que se ingiere a su alrededor."

La aviesa observación que cierra la cita es plenamente demostrativa de las sacudidas generadas por La Piruccia en diversas esferas del pensamiento.
Aquel Delibo, ergo sum manniniano, enderezando su filo contra la sosa certidumbre cartesiana, conmovía, desde su epicentro sureño, los axiomas de cenáculos y corrientes vernáculas, hasta entonces seguros de sus formulaciones.
La propia izquierda acusó el impacto. Si un Vilanova, por así decirlo, acude de inmediato a la malhadada trinchera, no faltarán en cambio los que entrevean en los banquetes piruccianos una sugerencia socialista de rostro popular, en el sentido de la consigna De todo un poco, y para todos. Todavía hacia los años sesenta, ciertas fracciones chinoístas asimilarán las degustaciones manninianas con el célebre mordisco a la manzana de Mao Zedong. Por fin, grupos en lo esencial afines a la Maestra de Avellaneda, pero de tendencias iconoclastas, abominarán por ello de todo culto a la personalidad, y evitando el mote de "piruccistas", preferirán rebautizarse como "gustistas".
Sordas polémicas se despertaron en los sensibles ámbitos eclesiásticos. Grupos de avant garde, soliviantados por algunas muy incipientes liberalidades de la Curia, largamente meditaron y luego se atrevieron a predicar las supuestas resonancias crísticas del piruccismo. Atacaron sibilinamente los preceptos del ayuno, tildándolos de solipsistas. En el campo iconográfico, y en búsqueda de paralelos gustistas, se atrevieron a revisar la propia Ultima Cena leonardiana, con éxito ciertamente opinable. Pero todo ésto no condujo más que a la caída en desgracia del obispo de Avellaneda, si no es que asimismo haya podido incidir la larga y curtida mano del gobernador Barceló, siempre atento a los humores y las amenazas latentes en su feudo sureño.
 A su turno, también se arremolinaron en torno a La Piruccia militantes, intelectuales y aún poetisas feministas. De estas vale traer a colación la composición de su entrañable amiga, Delfina Adler de Pandolfi, su emocionado "Saludo a La Piruccia":

 "Con mayúscula escribo tu nombre y te saludo
 Piruccia, mientras depongo mi inapetente escudo
 en sencilla y valiente confesión de derrota.
 Omnívora, naciste para probar las sopas
 y yo, con píloro pesado como kilo de acero.
 Humilde (te desatas en fruición de granero)."

Otros muchos los hubo que erraron penosamente el rumbo. Los panpiruccistas, por caso, que se empeñaron denodadamente en las suplantaciones personales, desentendiendo que la Mannini proponía una comunidad de ingestas, pero manteniendo bajo estricto resguardo las distinciones yoicas. Se precipitaron interpretaciones poco felices, como aquella del bovarismo gastronómico; e incluso se intentó contaminar los valores públicos de la Maestra con ciertas debilidades de su vida privada, triquiñuela ésta ya fulminada definitivamente por G. W. F. Hegel.

Frutos no desdeñables, por el contrario, fueron cultivados y cosechados por las disciplinas psicológicas. Por su parte, los secuaces junguianos indagaron la psiquis pirucciana a la búsqueda de arquetipos e inconsciencias colectivas, y de allí emergieron enarbolando la serie arquetípica que transcurre de Demeter a Cibeles. Cierto pavlovismo minoritario, pero no por ello menos cerril, pretendió sistematizar en aséptico laboratorio la exquisita parábola pirucciana, pero con la grosera variante de confiar en las reacciones de cobayos caninos, abrumando a los pobres irracionales con un estéril aluvión de escudillas y timbrazos.
La ortodoxia quiso a su vez intervenir la niñez y preadolescencia de Doña Próspera en búsqueda de traumas originarios, revisando testimonios e indagando algunos contenidos epistolares. Numerosas monografías enfocaron entonces como dato crucial un sueño infantil de La Piruccia, el notorio Sueño por un rato. Este singular testimonio continúa reapareciendo y recombinándose aún en muy distintas disquisiciones recientes, de tufillo sorboniano, bien representadas en un emblemático trabajo, de índole inventivo- especulativa (Véase Guadalupe Wiznitski: "Salsa/ Zátrapa", Cross Cup, Barcelona, 1978):

 "...quisiera saber si está despierto pensando en mí o soñando estoy yo ahí quien le dió esa flor que él dijo que compró él olía a alguna clase de bebida no whisky ni cerveza tal vez la pasta dulzona con que pegan sus carteles algún licor me gustaría probar esas bebidas costosas de rico aspecto verdes y amarillas que esos tirifilos beben con los sombreros de copa yo probé una vez con el dedo mojado en el de ese asturiano que tenía la almendra y hablaba de estampillas con papá todo el trabajo que tenía que hacer para no quedarse dormido después de la última vez que tomamos el oporto y la salsa tártara tenía un rico gusto salado sí porque yo misma me sentía tan bien y cansada y me quedé dormida como un plomo en cuanto me zambullí en la cama hasta que el trueno me despertó era el fin del mundo y sí yo dije sí quiero sí."

Así pulularon las entronizaciones, las descalificaciones, los excesos. Experimentando temerarias extensiones de la ceremonia manniniana en las más variadas direcciones (desde las plásticas y afectivas hasta las turísticas e impositivas) imprudentes amateurs se despeñaron en el precipicio de la sustitución, al que la Piruccia nunca se había acercado. Se pretendió incluso racionalizar con que brinda el otro, con que se cura, con que se educa; sin eludir bizarramente, como Doña Próspera, las acechanzas ínsitas en lo fenoménico.
Como los suyos biológicos, sus vástagos filosóficos fueron poco menos que innumerables: piruccismo crítico, pospiruccismo, liberal- piruccismo, piruccismo zen, el tardo piruccismo, y el ya mencionado Gustismo. Y no pueden omitirse los así llamados piruccismos regionales surgidos últimamente, y que floreciendo especialmente en las provincias del Noroeste, cobraron notoriedad cuando sostuvieron aquellas enconadas polémicas alrededor del rol comunitario de la empanada.
Todas fueron al cabo emanaciones satelitarias del intimismo romántico de la Mannini, aunque en nuestra opinión sus potencialidades se encuentran aún muy lejos de haberse agotado.

En su vejez, las dotes indagatorias de La Piruccia quedaron severamente restringidas por su pobre movilidad. Falleció luego de una prolongada combinación de afecciones, ninguna en sí misma severa, pero cuya peculiar entramado fue excesivo para la menguada resistencia física de la Maestra. Lamentablemente, la sucesión fue campo de enojosos entredichos. Entre otras causas, a raíz de que Doña Próspera, en sus momentos postreros, consiguió dirigirse por escrito a su albacea, haciendo cortas pero enjundiosas consideraciones, que culminaban con una frase terminante:
 -"Mi único heredero es el Danubio".
Aunque en este contexto no podríamos dilucidar si cabe tenerla por escuela propiamente dicha, en este punto hay que registrar debidamente la vertiente pirucciana de cuño ocultista, encarnada precisamente por su sobrino político Danubio Cannavaro Da Silva, recientemente fallecido en su residencia del barrio del Cordón, en Montevideo. Sus operaciones adivinatorias, basadas en la experimentación y registro cíclico de las experiencias gastronómicas, indumentarias o medicinales del cliente, no carecieron de éxito, a juzgar por su amplia clientela oriental, e incluso de los numerosos bonaerenses que, especialmente en la década de los años sesenta, peregrinaban a su consultorio en el vapor de la carrera. Rindiendo culto a la certeza histórica, esas facetas sombrías del pensamiento manniniano, si bien fueron en su momento desplegadas exóticamente por el brujo montevideano, ya eran percibidos por algunos observadores en el apogeo pirucciano, como lo prueban los escépticos comentarios de Alberto Prack ("Las prácticas herméticas en el Río de la Plata", Nitidez, Bs. As., 1939)

Como colofón de esta síntesis, vale transcribir lo avizorado por la aguda mirada del célebre polígrafo Juan Maqueda y Ginés, que tuvo oportunidad de engalanar algunas de las más celebradas reuniones piruccianas, y más tarde anotó ("Juventudes", Boletín de Poniente, Madrid, 1939):

"Ahora podemos corregir el epitafio de Renán y en lugar de 'veritatem dilexi', como él quería, escribir para la Mannini lo de 'verosimilitudinem degustavi', porque el vértice del espíritu de La Piruccia, la clave del arco de su alma ha sido lo verosímil. Necesitaba gozarse en lo verosímil, pero como esa realidad ancípite deja de serlo para quien la toma como verdad, se lanzó pertrechada con una sabiduría de gourmet, a paladear las verosmilitudes como tales."

Próspera Mannini falleció en su tierra natal avellanedense el primero de junio de 1952. Su figura en el recuerdo, partiendo de su casa de la calle Barcala rumbo a una siempre renovada Degustatio, en su candidez venerable diluye toda tergiversación, todo malentendido.
 


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