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Mario
Sabugo
¿DESEA
UD. SALIR DEL LABERINTO?
version
actualizada de "Revelaciones" Summa + 10, Bs. As.,1995
A Ud., mi amigo, su Laberinto le debe estar resultando un lugar complejo e intrincado, construído artificiosamente con encrucijadas, rodeos y callejuelas, con el propósito de confundirlo y dificultarle la orientación. Todo para que Ud., atrapado en sus zonas erróneas, nunca jamás pueda acertar con la salida.
Apolodoro, Plutarco, Diodoro Sículo, entre tantos otros, narraron la historia del Laberinto por excelencia, que fue diseñado por Dédalo para aprisionar al impresentable vástago de la reina de Creta, el Minotauro. Luego, fue Teseo el Ateniense el que tuvo lo que hay que tener para acabar con el engendro, y para egresar del embrollo, equipado con el hilo rojo de Ariadna.
En cuanto a Ud., allí adentro en su laberinto, ¿ha entrado a buscar algún monstruo, o es a Ud. mismo al que lo andan buscando?
Como argentino, tampoco es tan raro lo suyo. Para Martínez Estrada, toda nuestra propia realidad nacional se asemeja a un laberinto, y su Teseo viene a ser Sarmiento. ("...por la sucesiva superposición y yuxtaposición de factores que se acoplan y engendran entre sì monstruos y laberintos...entre los muchos advocativos que se le han aplicado a Sarmiento no he leído en ninguna parte el de Teseo, que es el que cabalmente le conviene". Ezequiel Martínez Estrada, "Sarmiento", Sudamericana, Buenos Aires, 1969)
Sea como fuere, está Ud. en problemas psicológicos, éticos, socioeconómicos y hasta arquitectónicos, porque su laberinto es un edificio o algo por el estilo.
¿No será que se lo han diseñado justo a su medida?.
Arquitectos de esa tendencia, hay. El finado Dédalo no fue, ni mucho menos, el último devoto de las complejidades y las contradicciones. Sin ir más lejos, Claudio Caveri ("Realismo mágico y ficción en nuestra arquitectura", CP67, Bs. As. 1987), propone y celebra los trazados laberínticos, los suyos propios o los de cuño wrightiano.
Pero tenga calma. Estamos científicamente preparados para ayudarlo
(Walter Sheperd: "Big Book of Mazes and Labyrinths", Dover, New York, 1973.
Diego Uribe: "Laberintos", Nuestra Arquitectura 516, Buenos Aires, 1981)
En primer lugar, no todos los laberintos son del mismo tipo. Ud. puede
encontrarse en un laberinto clásico, de los que consisten
en un camino único, pero tan enrollado como sea necesario para ocultar
la salida.
Más difícil le resultará si es que Ud. se aloja
en un laberinto manierista. Sabrá que lo es si se ha topado
con algunos callejones sin salida. Nuestro consejo es que apoye una mano
sobre la pared, (¡siempre la misma, eh!), y nunca la despegue mientras
camina en busca de la luz.
Ahora bien, si se ha instalado Ud. en un laberinto manierista duro,
ya no le va a alcanzar el truco de la mano, porque además de callejones
sin salida, también hay islas, y puede quedarse dando vueltas interminablemente
alrededor de una de ellas. En ese caso, mi amigo, tendrá que ser
aún más fuerte y valeroso, y aplicar a rajatabla las cuatro
reglas de Tremaux:
No siga el mismo camino dos veces.
Si llega a un cruce nuevo, no importa que camino siga.
Si un camino nuevo lo lleva a un cruce viejo, o a un callejón
sin salida, retroceda hasta la entrada del camino.
Si un camino viejo lo lleva a un cruce viejo, tome un camino nuevo,
y si no lo hay, tome cualquiera.
¿Ha salido Ud. ya de su laberinto?. ¿No?
Entonces, nos vemos obligados a comunicarle que, probablemente, Ud. se las ve con el peor de todos, el laberinto rizomático, a la Deleuze & Guattari, sin ley ni método que valgan. Eso sí, contemporáneo. Porque nuestra época, dice Umberto Eco, es proclive a este tipo de laberintos en los que todo tiene que ver con todo, inestables, enredados, y tan conjeturales que hasta pueden confundirse con su exterior. Culpa de la mentalidad moderna que, ya desde el Renacimiento, se dejó infiltrar por los agentes de la magia y el ocultismo. (Umberto Eco: "La Línea y el Laberinto: las estructuras del pensamiento latino". Vuelta No. 9, Bs. As. ,Abril de 1987. Del mismo autor: "Los límites de la interpretación", Lumen, Bs. As. 1992)
En realidad, el suyo no nos parece tampoco un laberinto culto, ni siquiera
prestigioso. Ni el de Creta, ni el desenfrenado palacio egipcio de las
3000 habitaciones que sorprendió a Herodoto frente al lago de Cocodrilópolis.
Tampoco la biblioteca del Nombre de la Rosa ni el camino peregrino en las
losas de Chartres. Mucho menos se pasea Ud. por los enrevesados jardines
de Hampton Court.
Fíjese bien si hay carteles con los nombres de las calles, y
si dicen "Bauness", "Ginebra" o "Andonaegui". Porque acá en el equipo
de rescate ya estamos maliciando que Ud. se ha quedado en medio del barrio
porteño de Parque Chas. No se desespere, no hay mal que dure cien
años.
Ya lo dijo (en "Laberinto de Amor", Sur, Buenos Aires, 1944) Leopoldo
Marechal: "De todo laberinto se sale por arriba."
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ARQUITECTURA EN LINEA© 1998
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