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Tempranamente se dan en Buenos Aires las vicisitudes arbóreas.
En julio de 1590, se queja al Cabildo el procurador Don Mateo Sánchez:
"En el ejido de la ciudad, hacia el Riachuelo de los Navíos,
hay algunos algarrobos chicos y los van cortando algunos vecinos: no los
dejan criar y es en gran daño de ella, porque es abrigo para el
ganado vacuno, para que el día que lloviese se acoja allí
y no vaya a hacer daño a las chacras del pueblo". En 1608, en
1610, en 1619, merecen apercibimiento y multa los taladores compulsivos,
generalmente carreteros y capitanes de barcos, que agotan los montes en
general y los renuevos de los sauces en particular, sin al menos cuidarse
de sembrar huesos de durazneros, que prometen leña a la brevedad
y asimismo fruta y dulce. (Hector Adolfo Cordero, El primitivo
Buenos Aires, Plus Ultra, Bs. As., 1978. Luis Canepa, El Buenos Aires de
antaño, Talleres Gráficos Linari, Bs. As. 1936)
Aquellos bosques periféricos, como la verdura de las huertas
y los patios, contrastan con la calle y la plaza colonial, porque el espacio
urbano propiamente dicho es completamente seco. Recién con los virreyes
comienza la forestación llamada La Alameda, en el Bajo desde el
Centro a Retiro. En Plaza de Mayo, los primeros arboles, para más
datos paraísos, se plantan en 1860. Es con los finales del siglo
XIX que se despliegan a toda orquesta los programas propiamente verdes,
cuando Thays, Courtois, Forestier, Carrasco, introducen el arbolado callejero
masivo, trazan los grandes parques, y transforman los antiguos huecos en
geométricas plazas o fingidos bosquecillos.
Entonces (como Vicente Barbieri en su Rincón
de la eternidad, citado en Horacio Salas, La Poesía de Buenos Aires,
Pleamar, Bs. As., 1968) ya es posible la delicada poesía
de lo verde:
En la urbe masivamente forestada, se destacan por su aspecto algunos
grupos, como los palos borrachos de la Nueve de Julio, los eucaliptus de
Villa Devoto, los naranjos de Martínez, o los gingkos de la General
Paz.
Otros los hay que son tocados por la fama de la historia. Ya no existe
el Pacará de Saturnino Segurola, en Puán y Baldomero Fernández
Moreno; pero quedan las dos Magnolias del Protomedicato, frente a la parroquia
de San Telmo. Otra Magnolia es atribuida a Nicolás Avellaneda, que
la planta al inaugurarse en 1875 el Parque 3 de Febrero, en la avenida
Adolfo Berro, por la vereda del Jardín Japonés. También
se atribuye a Avellaneda la Palmera de la plaza San Martín de Tours
(Schiaffino, Alvear, Posadas), una phoenix canariensis Chabaud,
congénere del octeto de Plaza de Mayo. (Phoenix
la Palmera, es propia de Egipto, Arabia y Fenicia, país éste
al que da nombre, lo mismo que al ave del renacimiento. Por razones tanto
edafológicas como míticas, le convienen los ambientes costeros,
como indica Robert Graves, La diosa blanca, Alianza, Madrid).
Y a su manera revistan como históricos los retoños. Del Roble
de Guernica, junto al monumento de Juan de Garay, en la bajada de Rivadavia.
Del Ibirá pitá de Artigas, en Plaza 25 de Agosto,
Heredia y Giribone. Del Algarrobo de Pueyrredón, en la Plaza de
Flores. Del Pino del Convento de San Lorenzo, en las Barrancas de Belgrano.
(Arboles históricos en la ciudad, MCBA, 1962. )
Palermo es por excelencia el locus del árbol porteño.
Allí, a pasos del actual Monumento a Sarmiento, subsiste el Aromo
o aromero del Perdón donde Manuelita Rosas ceba mate y ruega indultos,
a la vera del Caserón. Para Sarmiento (que como Avellaneda tiene
apellido con resonancias vegetales) ese Palermo del Restaurador resulta
bárbaro hasta por sus extensas plantaciones de naranjos, inapropiadas
en suelo húmedo y frágiles ante el polvo de conchilla traída
del río para consolidar los caminos. "Resultado de ignorar el
gaucho estúpido las leyes del nivel de las aguas y la composición
química de la conchilla". (Domingo F. Sarmiento,
Palermo, un monumento a nuestra barbarie, Gaceta de Palermo, año
1, Nº 1, Bs As, 1986.)
Curiosamente, tampoco prosperan las palmeras que posteriormente el
Sanjuanino planta a lo largo de la avenida homónima, tampoco son
toleradas por el suelo palermitano, y finalmente el intendente Anchorena
las debe reemplazar por especies más aptas.
Los árboles cumplen innumerables roles urbanos, unos utilitarios,
otros placenteros, aquellos otros legendarios. Renuevan y perfuman el aire,
alimentan las fogaratas invernales y regalan su sombra al acalorado. Se
los puede hasta escuchar, movidos por la brisa, en el excepcional silencio
de algunos sitios y algunos días. Algunos muy longevos, son testigos
de la historia, otros- tal vez imaginarios- proveen acceso a las regiones
tenebrosas: es a través de un ombú que allá por el
bajo de Saavedra, un 30 de abril de los años 20, el astrólogo
Schultze y Adán Buenosayres descienden a los invisibles infiernos
porteños.
Ese ombú, que los españoles llaman bellasombra,
y los herbarios phytolacea dioica, es pampeano por adopción,
ya que proviene de los esteros del noreste. Hay uno importante presidiendo
el montículo de la Plaza Roma, hacia Lavalle y Bouchard; la calle
Olleros, por sus ejemplares cercanos a la vía ferroviaria del Mitre,
fue antes Avenida de los Ombúes; y si Pasteur fue la calle Ombú,
ahora Ombú es una callejuela en el centro de Palermo Chico. Sus
hojas, que malignamente sirven para daños y purgas, por otro lado
son gualicho de enamorar si van agregadas al mate. No parece buen vecino
de la arquitectura, puesto que "... casa con ombú acaba en tapera."
(Felix Coluccio, Diccionario de creencias y supersticiones,
argentinas y americanas, Corregidor, Bs. As., 1983)
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ARQUITECTURA EN LINEA© 1998
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