(Antonio Gaudí, Parque Güell: fuente)

Mario Sabugo
ANIMALES IMPLICITOS
(versión anterior: Animals!; en Summa + N° 17, Bs. As., 1996)

Todo empezó en 1966. Antonio Ubaldo Rattín, expulsado, tuvo el tupé de sentarse en la alfombra de la Reina, y todo Wembley rugió: "Animals!". Dos años después, el Pincharrata conquistaba Old Trafford. Entonces, miles de manchesterianos repitieron la consigna, y fue de ese modo como la pérfida Albion se acostumbró a motejarnos a los argentinos. Pero nosotros, en tanto seres humanos, no debemos sentirnos agraviados porque los animales, aunque no militen en la racionalidad, son nuestros compañeros de ruta.

"...si fueran las almas visibles a los ojos, se vería distintamente una   cosa extraña, y es que
cada uno de los individuos de la especie humana  corresponde a alguna de las especies de la
creación animal...los animales no son sino las figuras de nuestras virtudes y de nuestros vicios, errantes delante de nuestros ojos; los fantasmas visibles de nuestras almas. Dios nos los pone de manifiesto para hacernos reflexionar." (Victor Hugo: "Los miserables", 1862)

                  Victor Hugo

A muchos individuos en efecto les decimos tigres, perros, patos o monos. A nivel del tótem o del blasón, las bestias identifican colectivamente linajes, tribus, sitios, barrios y ciudades. Rusia es un oso, Roma una loba, Morón un gallo, y el barrio de Mataderos o la ciudad de Chicago se asumen bajo la forma del  toro.

Hará bien entonces el arquitecto, el diseñador o el ambientalista que identifique el monstruo o el animal implícito de sus investigaciones y proyectos.

En los entornos insulares o ribereños aguardan las sirenas. Marc Chagall pintó una para representar a Niza.
En los contextos aéreos, retozan las aves, de diferentes agüeros. Todo irá bien con la paloma, pero se complicará con el cuervo y la lechuza. Por su parte, el picaflor está muy indicado para los comercios, ya que atrae clientes si se lo coloca en la entrada.
En el fuego prospera la salamandra, dragón diminuto que muy pocos pueden ver a causa de su módico tamaño.
En las honduras de subterráneos, cavernas y cloacas no es improbable el dragón propiamente dicho, generalmente custodiando algún tesoro vedado. (Mario Sabugo: "El gran sueño del Dragón de Toledo", en "La ciudad y sus sitios", 1987). Nuestra versión telúrica es la Salamanca, cueva de sabor santiagueño a la que se accede con la guía de un cuervo negro, para observar como allí pululan las lampalaguas, los sapos y los murciélagos, a cual más desagradable. 
En cuanto a las casas, conviene el perro. El can llamado Cerbero cuidaba la más terrible: "Si el Infierno es una casa, la casa de Hades, es natural que un perro la guarde". (Jorge Luis Borges y Marrgarita Guerrero: "El libro de los seres imaginarios", 1967).
Si la casa asciende a palacio, entonces es morada de rey, y su animal es león.
Por su parte, ciertos bichos maléficos prefieren intrusar algunos componentes constructivos: "El basilisco busca los techos de las casas o bien se guarece en las ranuras de las paredes para desde allí exterminar con su diabólica y potentísima vista al desventurado ser humano que incauto se deja sorprender por la fulminante mirada..." (Felix Coluccio: "Diccionario de creencias y supersticiones; argentinas y americanas", 1983)
Un ambiente apropiado, global y para colmo enciclopédico es el parque o jardín zoológico, el Zoo, que llega a brillar cuando se compatibiliza la especie animal con el estilo de la jaula. A saber, mono en jaula egipcia, tigre en jaula bengalí, cóndor en jaula andina.
Otro ambiente, global y enciclopédico hasta donde se pudo, fue el Arca, en el que Noé clasificó las especies y las distribuyó por cubiertas y camarotes.

En las antigüedades, los panteones, las arquitecturas y las iconografías antiguas se debatían confusamente entre lo humano y lo zoológico, según refiere con gran disgusto Hegel ("Estética 3. La forma del arte simbólico", 1842). Por entonces, las esfinges y los toros alados custodiaban puertas, ciudades y necrópolis. Más tarde, en los propios frisos clásicos moraban los centauros, y en las portadas medievales los propios evangelistas se confundían con los animales y las plantas en desaforados bestiarios.

En esa línea, fue también un mestizaje imprudente, una cruza, tal vez un compromiso, lo que hizo necesario el laberinto que albergaba al retoño del toro y la reina. Además, como sugiere Borges, "La idea de una casa hecha para que la gente se pierda es tal vez más rara que la de un hombre con cabeza de toro, pero las dos se ayudan, y la imagen del laberinto conviene a la imagen del minotauro. Queda bien que en el centro de una casa monstruosa haya un habitante monstruoso".

En las modernidades, cuando el robot suplantó al monstruo, y la máquina al animal, éste fue deportado ipso facto de los edificios, junto con toda otra alegoría de fachada o de detalle. No obstante, pese a la clandestinidad, no se privó de continuar suministrando morfología a las vertientes anticlásicas, y así (como vió uno de nuestros alumnos de la Facultad de Arquitectura de la UBA) la mendelsohniana Torre de Einstein recuerda la silueta de la Esfinge. En un plano más abstracto, los conceptos básicos del animal y otros sistemas biológicos se invocaron para justificar arquitectura, diseño y hasta urbanismo invocando las bondades de lo "orgánico".


                      Carl Gustav Jung

"Jung, el psicoanalista, forma parte de una expedición a los indios de Nuevo México. Le preguntan cuál es el animal de su clan; les contesta que Suiza no tiene clanes ni tótems. Terminada la conversación, los indios salen del cuarto por una escala que bajan como nosotros bajamos las escaleras: de espaldas a la escala. Jung baja, como nosotros, de cara a la escala. Cuando llega al suelo, el jefe indio señala sin hablar el oso de Berna bordado en la camisa de su visitante: el oso es el único animal que baja de cara al tronco y a la escala".(André Malraux: "Antimemorias", 1965).  
 


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