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Todo empezó en 1966. Antonio Ubaldo Rattín, expulsado, tuvo el tupé de sentarse en la alfombra de la Reina, y todo Wembley rugió: "Animals!". Dos años después, el Pincharrata conquistaba Old Trafford. Entonces, miles de manchesterianos repitieron la consigna, y fue de ese modo como la pérfida Albion se acostumbró a motejarnos a los argentinos. Pero nosotros, en tanto seres humanos, no debemos sentirnos agraviados porque los animales, aunque no militen en la racionalidad, son nuestros compañeros de ruta.
"...si fueran las almas visibles a los ojos, se vería distintamente
una cosa extraña, y es que
cada uno de los individuos de la especie humana corresponde
a alguna de las especies de la
creación animal...los animales no son sino las figuras de
nuestras virtudes y de nuestros vicios, errantes delante de nuestros ojos;
los fantasmas visibles de nuestras almas. Dios nos los pone de manifiesto
para hacernos reflexionar." (Victor Hugo: "Los miserables", 1862)

A muchos individuos en efecto les decimos tigres, perros, patos o monos. A nivel del tótem o del blasón, las bestias identifican colectivamente linajes, tribus, sitios, barrios y ciudades. Rusia es un oso, Roma una loba, Morón un gallo, y el barrio de Mataderos o la ciudad de Chicago se asumen bajo la forma del toro.
Hará bien entonces el arquitecto, el diseñador o el ambientalista que identifique el monstruo o el animal implícito de sus investigaciones y proyectos.
En los entornos insulares o ribereños aguardan las sirenas. Marc
Chagall pintó una para representar a Niza.
En los contextos aéreos, retozan las aves, de diferentes agüeros.
Todo irá bien con la paloma, pero se complicará con el cuervo
y la lechuza. Por su parte, el picaflor está muy indicado para los
comercios, ya que atrae clientes si se lo coloca en la entrada.
En el fuego prospera la salamandra, dragón diminuto que muy
pocos pueden ver a causa de su módico tamaño.
En las honduras de subterráneos, cavernas y cloacas no es improbable
el dragón propiamente dicho, generalmente custodiando algún
tesoro vedado. (Mario Sabugo: "El gran sueño del Dragón de
Toledo", en "La ciudad y sus sitios", 1987). Nuestra versión telúrica
es la Salamanca, cueva de sabor santiagueño a la que se accede con
la guía de un cuervo negro, para observar como allí pululan
las lampalaguas, los sapos y los murciélagos, a cual más
desagradable.
En cuanto a las casas, conviene el perro. El can llamado Cerbero cuidaba
la más terrible: "Si el Infierno es una casa, la casa de Hades,
es natural que un perro la guarde". (Jorge Luis Borges y Marrgarita
Guerrero: "El libro de los seres imaginarios", 1967).
Si la casa asciende a palacio, entonces es morada de rey, y su animal
es león.
Por su parte, ciertos bichos maléficos prefieren intrusar algunos
componentes constructivos: "El basilisco busca los techos de las casas
o bien se guarece en las ranuras de las paredes para desde allí
exterminar con su diabólica y potentísima vista al desventurado
ser humano que incauto se deja sorprender por la fulminante mirada..."
(Felix Coluccio: "Diccionario de creencias y supersticiones; argentinas
y americanas", 1983)
Un ambiente apropiado, global y para colmo enciclopédico es
el parque o jardín zoológico, el Zoo, que llega a brillar
cuando se compatibiliza la especie animal con el estilo de la jaula. A
saber, mono en jaula egipcia, tigre en jaula bengalí, cóndor
en jaula andina.
Otro ambiente, global y enciclopédico hasta donde se pudo, fue
el Arca, en el que Noé clasificó las especies y las distribuyó
por cubiertas y camarotes.
En las antigüedades, los panteones, las arquitecturas y las iconografías antiguas se debatían confusamente entre lo humano y lo zoológico, según refiere con gran disgusto Hegel ("Estética 3. La forma del arte simbólico", 1842). Por entonces, las esfinges y los toros alados custodiaban puertas, ciudades y necrópolis. Más tarde, en los propios frisos clásicos moraban los centauros, y en las portadas medievales los propios evangelistas se confundían con los animales y las plantas en desaforados bestiarios.
En esa línea, fue también un mestizaje imprudente, una cruza, tal vez un compromiso, lo que hizo necesario el laberinto que albergaba al retoño del toro y la reina. Además, como sugiere Borges, "La idea de una casa hecha para que la gente se pierda es tal vez más rara que la de un hombre con cabeza de toro, pero las dos se ayudan, y la imagen del laberinto conviene a la imagen del minotauro. Queda bien que en el centro de una casa monstruosa haya un habitante monstruoso".
En las modernidades, cuando el robot suplantó al monstruo, y la máquina al animal, éste fue deportado ipso facto de los edificios, junto con toda otra alegoría de fachada o de detalle. No obstante, pese a la clandestinidad, no se privó de continuar suministrando morfología a las vertientes anticlásicas, y así (como vió uno de nuestros alumnos de la Facultad de Arquitectura de la UBA) la mendelsohniana Torre de Einstein recuerda la silueta de la Esfinge. En un plano más abstracto, los conceptos básicos del animal y otros sistemas biológicos se invocaron para justificar arquitectura, diseño y hasta urbanismo invocando las bondades de lo "orgánico".
Carl Gustav Jung
"Jung, el psicoanalista, forma parte de una expedición a los
indios de Nuevo México. Le preguntan cuál es el animal de
su clan; les contesta que Suiza no tiene clanes ni tótems. Terminada
la conversación, los indios salen del cuarto por una escala que
bajan como nosotros bajamos las escaleras: de espaldas a la escala. Jung
baja, como nosotros, de cara a la escala. Cuando llega al suelo, el jefe
indio señala sin hablar el oso de Berna bordado en la camisa de
su visitante: el oso es el único animal que baja de cara al tronco
y a la escala".(André Malraux: "Antimemorias", 1965).
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ARQUITECTURA EN LINEA© 1998
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