Mario Sabugo
Madre Avenida

Buenos Aires, renegada de su intimidad topológica con el humilde Riachuelo de los Navíos, pasó algunos siglos sin disponer de un cauce interno que le proveyera esa inefable dualidad de las grandes ciudades. Porque una gran ciudad no puede sino oscilar entre dos culturas, encarnadas en dos tribus y asentadas en dos riberas. Tarde o temprano, Buenos Aires debía encontrar su Gran Canal, su Cañada, su Muro, o en fin su Avenida. Y cuando la encuentra, como entonces es fashion el paradigma  parisino, esa imprescindible Madre de todas las Avenidas, la Avenida de Mayo, se hace bajo la forma de boulevard, ancha, higiénica, minada de galerías, para que corra punto a punto de uno a otro de los poderes del Estado, de la Casa Rosada al Congreso.


Plaza de Mayo, el inicio de la Avenida
Pero si en aquella Paris de los siglos 17 y 18, los bulevares tenían la misión de hacer más regular el enrrevesado trazado medieval, por el contrario en Buenos Aires, la flamante gran vía viene a insuflar variedad en la exasperante monotonía del trazado colonial. La Avenida, impulsada a velocidad prodigiosa por el intendente Torcuato de Alvear y su urbanista Juan Buschiazzo, no deja títere con cabeza. Mutila un Cabildo por lo demás ya irreconocible, desaloja el Templo Escocés de la calle Chacabuco, y como un tornado, hace que la Casa Unzué de Casares deba girar sobre sus talones, con el Tortoni incluído, debiendo ocuparse Alejandro Christophersen de reinventarle su fachada.
Celeridad americana de las vicisitudes urbanas: una de las cuadras de la Avenida de Mayo, esa numerada del 1000 al 1100, apenas dura unas cuatro décadas, pues a su turno es demolida para que atraviese de norte a sur la todavía más ambiciosa Nueve de Julio, la más ancha del mundo, según dicen los que lo dicen.

De a ratos, se ve una Avenida de Mayo que actúa como sede de la integración social, amigable componedora entre el hombre rico del norte y el hombre pobre del sur. En otros momentos, se observa una frontera, y los mitos más míticos de la ciudad dan a entender que, incluso antes de que la Avenida se materializara, los propios ricos, para consagrarse definitivamente como tales, debieron cruzarla para emigrar al norte, a la necesaria distancia de los negros, el mondongo y la fiebre amarilla. Sólamente desde entonces hubo propiamente Barrio Norte; y desde entonces fue que debió decirse "¡...hay que quemar el Barrio Norte!" para amedrentar al oligarca. Asi se va configurando el carácter cuatripartito de Buenos Aires. Un Sur antiguo, un Norte nuevo y exquisito, un Oeste silencioso y en fin un Centro asimétrico por portuario.
 

Bienaventurados o desventurados, los pobres y los ricos, porque todos ellos serán reunidos o separados por la Avenida de Mayo. Sea como fuere, para la guerra o para el armisticio, desde uno u otro barrio, a la Avenida se concurre. Nadie vive, nadie es de allí; ni siquiera ve la luz. Así le dijo Borges a Luisa Mercedes Levinson, "nadie nace en la Avenida de Mayo".

Asimismo dijo Borges: "Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia". Rivadavia es la continuación de la Avenida de Mayo. Pero ese Sur borgiano no está signado por los pobres, sino más bien por el destino: "... quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme". ("El Sur", en "Artificios", 1944).

Norma Palma de Sindona, en su tratado de astrología urbana "Buenos Aires y el Zodíaco" (Distal, Buenos Aires, 1990), sostiene que la Avenida de Mayo cumple funciones de equilibrio, como si fuese un fiel de la balanza urbana. Su procedimiento consiste en superponer el Zodíaco al plano de los barrios de la ciudad y encuentra que, por ejemplo, el barrio de Mataderos, coincidiendo en el sudoeste con Tauro, genera las riquezas ganaderas; mientras tanto el barrio de La Recoleta, ubicado en el noreste y en Escorpio, diametralmente opuesto, se dedica a consumir los bifes de chorizo y las ganancias del primero. En este contexto, el Centro en general, y la Avenida de Mayo en particular, caen en el territorio de Libra, la Balanza.

La médula clásica de la Avenida emerge de su estirpe decumánica. Ordena y marca, precisamente porque al estar orientada con los puntos cardinales, compatibiliza la urbe con el orbe. Va, como el propio Febo, de Oriente a Occidente. Pero en su final, en su non plus ultra, no hay como en el Mare Nostrum las dos Columnas hercúleas, sino la ciclópea Cúpula del Congreso, colocada allí no menos heroicamente por Vittorio Meano.


Congreso de la Nación
(Vittorio Meano)
Todo depende de cómo nos ponemos, o de cómo dejamos que nos pongan en el mundo. Los antiguos cartógrafos rioplatenses, sea un Manuel de Ozores, sea un Felipe Bertrés, ponían el Río al pie de Buenos Aires. ("Atlas de Buenos Aires" Horacio Difrieri, MCBA, 1981). Así se ve la ciudad, o al menos así nos colocamos mentalmente: desde el Río, con el Oeste arriba, el Sur a la izquierda y el Norte a la derecha. Y por eso vemos la Avenida de Mayo como si fuera de abajo hacia arriba. En cambio, los planificadores mundiales ponen todo lo que encuentren, incluso al planeta entero, con el norte para arriba. No menos la legendaria e hiperculta revista Sur de Victoria Ocampo, cuyo emblema consistía en una flecha para abajo, o sea el Sur abajo.

Y si el desaforado puente Buenos Aires- Colonia fuera instalado como los dioses mandan, a lo largo de la dirección este- oeste, debería partir de la Avenida de Mayo y atravesar el Río sin más trámite hacia la Banda Oriental; no sólamente hasta Colonia, aún más, hasta Montevideo, para conectarse directamente con la 18 de Julio, que es la Avenida de Mayo uruguaya, desde que la Avenida de Mayo es la 18 de Julio porteña.

Pero la Avenida de Mayo en realidad viene a ser nada más que un segmento, enjoyado pero segmento al fin, de una larga raya este- oeste que sigue por kilómetros en la Avenida Rivadavia. Luego prosigue por el conurbano alcanzando numeraciones prodigiosas, que se harían inconcebibles si siguieran sumándose a campo abierto, por donde subsiste transformada en Ruta 7, que no descansa hasta llegar al Cuyo y al pie de la Cordillera de los Andes.


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