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MILAGROS ESPERADOS (Otra de error)
En Italia (hago números gruesos) hay unos 32 millones de celulares sobre unos 58 millones de habitantes. A la vez, hay casi 33 millones de autos. De todas las conclusiones posibles, una pone especialmente de manifiesto el estándar alcanzado por el 1er. Mundo: "En Italia, todos los celulares tienen auto".
"El milagro de la estadística", hubiera dicho Pipo Mancera. Es que Europa es tierra de milagros. Y no sólo por localismo de la vaticana Congregación para las Causas de los Santos. Son legión los malos libretistas siempre dispuestos a exhaltar "al Ave Fénix que renació de las cenizas de la guerra, el resurgimiento de estados democráticos de economía libre y pujante, etc., etc." El desarrollo de la industria local no es ajeno al "milagro" y la del turismo no es la menor dentro del rubro.
El turismo... fenómeno interesante de la cultura contemporánea, ¿no? ¡Qué fenómeno!
Antiguamente, lo que hoy llamaríamos "turista" era el viajero, el nómade arquetípico, cuya idiosincracia era la antítesis de la del aldeano. Leí por ahí que Confucio definía al aldeano como aquel que podía oir todas las madrugadas de su vida al gallo de la aldea vecina y no sentir jamás el reclamo interior de conocerla. Actualmente, ese par de contrarios no me parece de tan clara definición. Viene al caso una vieja anécdota que no olvidé pese a su nimiedad. En una fiesta, a mediados de los '70, un tipo de unos 25 años -recién llegado de un largo paseo por Europa y USA- me contó maravillado que en N.Y. desde cada departamento de un edificio "¡tiraban por un hueco la basura al sótano, donde la incineraban!" También yo maravillado -pero por su extraordinaria ignorancia (recordemos que la abolición del incinerador en B.A. es más o menos del '80)- lo interrogué más en detalle: la primera vez en su vida que había salido de Mataderos, lo había hecho por la Ricchieri, Ezeiza, su ruta. Su reclamo interior debía ser de onda corta.
El turismo es, naturalmente, un negocio y, como tal, consiste en hacerte creer que tengo algo que te hago creer que te hace falta. Más específicamente, es instaurar y sostener el mito de que dar la vuelta a mi manzana es más lindo, interesante, divertido, importante, necesario, culto... que dar la vuelta a la tuya. Algo que, en ocasiones, es rigurosamente cierto. Una vez que a mi pared descascarada por la humedad la creés "ruina" y te viniste al barrio, sos un rehén. Si te cansás de dar la vuelta, te cobro el umbral; si te pica el bagre, pagás por caviar un sanguche de salchichón y si tenés una urgencia sanitaria, cotizo la loza como el trono de oro del Maharajá de Ramanpur.
Así me bolearon, vez pasada, en Pisa. Justo en el límite de mi resistencia, vi el signo de mi salvación. ["No, señor cura, lo siento pero sigo siendo agnóstico. Me refería al del W.C."] Con rumbo inalterable -mi atención no daba más que para el trono del Maharajá- dejé atrás un hall en el que inmediatamente a mi paso se materializó -como enviada desde el Enterprise- una empleada. Era bastante parecida a Flora -la de Gasalla- pero, lejos de sus exabruptos, fue un cucurucho de ananá y limón: dulce, ácida y helada. "¿Chi paga per il signore...?" -chantajeó a los presentes. Mi mujer -parada allí, esperándome, persona floja para el tormento psicológico- se rindió sin lucha y desembolsó los 0,45 reclamados. No estoy más pobre por eso, pero... ¡medio euro por un baño público! Sí, y cinco por el cementerio, el baptisterio o el Duomo, quince por el campanile, tres por un stretto en los bares circundantes...
Pisa fue, en la Edad Media, una grande y riquísima potencia comercial. Hoy es un centro industrial y cultural de aceptable envergadura.
Sin embargo, no es a ésto a lo que Pisa debe su fama y buena parte de su riqueza.
Pisa me gusta. Tiene un delicioso recorrido urbano que coincide con el antiguo cardo -la avenida N-S de la ciudad romana- formado por Via Carducci (¡vamos, la toponimia!), Via Oberdan -doble ancho y con retazos de recova (he descubierto que las recovas discontinuas pueden ser aún más bellas que las continuas)- y Borgo Stretto cortada por viuzze suficientemente angostas, oscuras y sórdidas como para encender espíritus románticos y exasperar intelectos higienistas. Borgo Stretto se dilata en Piazza Garibaldi justo antes de estallar en la imponente grieta del Arno. Si se cruza por el Ponte di Mezzo, los pies siguen solos por la suave curva -que esconde el final- del Corso Italia hasta desembocar, ligeramente asimétricos, en la escenográfica Piazza Vittorio Emanuele. Desconozco qué bizarro émulo del Bernini concibió ese diseño de planta, vagamente similar al de San Pedro. Demostró bastante buen gusto, aunque cierto despiste simbólico al ubicar, en el lugar de la Basílica, la terminal de trenes.
Sin embargo, no es a este delicioso recorrido a lo que Pisa debe su fama y buena parte de su riqueza. Tampoco a la magnífica Piazza dei Cavalieri. en el hueco del antiguo foro, cuyas fachadas son, mayormente, de Vasari.
Tal vez, el "milagro pisano" resida en la Piazza del Duomo, también llamada -ha de ser por eso- Piazza o Campo dei Miracoli. El Campo (para mi la mejor denominación, aunque la menos frecuente) es algo -si no único, al menos- extraordinario en Italia. Inusualmente aislado para un Duomo -tanto por su posición periférica, como por estar encajado en un ángulo de la muralla y por tener un tercer lado enfrentado al paredón del Hospital de Santa María- está obligado a la autosuficiencia espacial. ¡Y qué airoso afronta el desafío!, una charla a media voz entre bloques de mármol blanco que afloran de un tapiz verde esmeralda. Una imagen algo surreal, que evoca a De Chirico y Magritte.
Sin embargo, no es al Campo como conjunto a lo que Pisa debe su fama y buena parte de su riqueza.
El Duomo marca el momento fundacional del llamado Románico Pisano, que se extenderá por toda la arquidiósesis de Pisa -Pistoia, Prato, Lucca, Arezzo- y por Cócega y Cerdeña, dominios de la ciudad en aquella época. [En la bibliografía producida en Lucca suele llamárselo "Románico Pisano-Lucchese". ¡Pamplinas!, es sólo otro ardid de esa ciudad que, contra Pisa, si no la gana quiere empatarla.] El rasgo fundamental de este estilo de fachadas consiste en un primer nivel de arcadas mayormente ciegas -macizo y contundente- sobre el que apoyan varios niveles -calados y livianos- de galerías de arcos sobre columnas. El mismo sistema se aplicaba, en forma simplificada, sobre las superficies curvas de los ábsides. Esta experiencia permitió utilizarlo con éxito en el Baptisterio, cuya planta es circular (algo atípico ya que los baptisterios, por razones simbólicas, debían ser de planta octogonal; éste sólo lo es interiormente).
Sin embargo, no es a sus excelentes Duomo y Baptisterio a lo que Pisa debe su fama y buena parte de su riqueza.
En la aparente convicción de que un único estilo debía dominar todo el conjunto, Bonano Pisano diseña -más de un siglo después de iniciado el Duomo- el célebre campanario: una absoluta innovación. Nadie, nunca, en ninguna ciudad, se había atrevido a algo así... Con total razón y sensatez. Pobre Bonano, forzó tanto el estilo que lo destrozó. La relación "un nivel macizo por seis de galerías" se va de proporción; la repetición de arcos y columnas es exasperante, una insistencia carente de gracia y agravada por lo cerrado de la curvatura que apelmaza visualmente los elementos; y, el peor desacierto, una torre no es -bajo ningún concepto- el sitio apropiado para aplicar un recurso cuya fuerza expresiva radica, contrariamente, en la horizontalidad. Además, por si no fuera suficiente tanto error de arquitectura, la ingeniería fue, está a la vista, un fiasco. Todo mal.
Sin embargo, es a este lamentable error apodado Torre Pendente a lo que Pisa debe su fama y buena parte de su riqueza. Y no "a pesar" de ser un error, sino justamente por serlo. ¿"El milagro del error", diría Mancera?
Fama y riqueza por errores... Sic transit gloria mundii. ¡Cómo no van a pifiar, después, los misiles, pobrecitos! Lo hacen sólo por un aplauso y un puñado de dólares, criaturitas de Dios.
Tengo algún pariente que sostendrá que la diosa Fortuna no se equivoca, que la fama y la riqueza son un premio tramposo. ¿Qué sé yo? Sólo sé que llevo medio siglo haciendo cagadas y no he logrado ni una, ni la otra.
Pero persevero...
Desde Italia, donde la vuelta a la manzana es más linda...
Zicovicci, detto "il Seryo"
Lucca, 8 de Abril de 2003
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Arq. Sergio Zicovich Wilson
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