El
Condottiero, la ciudad y los perros.
Arq.
Sergio Zicovich Wilson
Prueben declarar
en una reunión social:
“Me disgustan los gatos, me molestan y no quiero saber nada con ellos”.
Seguro que la mayoría de los presentes les devolverá una entusiasta aprobación
o, al menos, una neutral mirada bovina. Difícil que alguno contrataque.
Digan lo mismo acerca de chanchos, ratas, hienas, zorrinos y otras criaturitas
de Dios con bajo rating y el apoyo recibido les llenará el mate de infelices
ilusiones electorales. En cambio, sean guapos y declaren la peor y más
grande incorrección política: “No me gustan los perros”.
Un silencio ominoso, primigenio, anterior al Big Bang, congelará el espacio
mientras ojos como trinchetas suecas los rebanan en finas lonjas. Inmediatamente,
se formarán tres facciones: los “mundanos”, que se alejarán con desprecio
del apestado; los “misioneros” que, al contrario, se acercarán con sonrisa
piadosa y actitud evangélica ávidos de redimir almas caídas y los “cruzados”
o “exorcistas”, que se les irán al humo para arrancarlos –a fuerza de
improperios y hasta trompadas- de las garras del demonio que los posee.
Yo, de ésto, sé bastante porque soy de los que no les gustan los perros.
Desde ya, esta preferencia es sólo una elección ética y estética en el
ámbito de mi privacidad (¡ Santa Progresía Californiana, esta frase apesta
!). Quiero decir que no realizo ni promuevo acciones contra los objetos
de mi desagrado. Pese a eso, desde el principio de mi soggiorno luchese,
algo activó en mí un desconocido pero perturbador dispositivo interno.
Se trata de una palabra, una sola palabra que, por aquí, se hace notar:
CASTRACANI.
No me reconozco hombre violento. Imaginen, entonces, mi conmoción ante
esa palabra que me afectaba como su pócima al Dr. Jeckill. No la palabra,
en realidad, sino el eco que producía en las cámaras más subterráneas
y oscuras de mi alma.
CASTRACANI...
Via Castracani, Piazza Castracani, Ponte Castracani, Viale Castracani,
Rocca di Castracani... La Provincia de Lucca rinde profuso homenaje toponímico
a su tal vez más grande héroe: Castruccio Castracani. Sin llegar a la
extenuante ubicuidad de Artigas en el Uruguay o a la monótona recurrencia
de San Martín y Mitre en Argentina, su presencia en los stradari locales
enorgullecería hasta a la mamelle más demandante y quejosa.
CASTRACANI...
Acobardado (lo confieso) al imaginar la bacanal de mis pulsiones fuera
de control, busqué refugio bajo el ala protectora de Apolo. Tenía que
echar luz sobre el portador de ese fatal apellido. ¿Que habrían hecho
él o sus antepasados con los pobres pichichos para merecerlo? ¿Ocuparía
la compasión, finalmente, el lugar de la indiferencia en mi relación con
esa especie por obra del terrible Castruccio Castracani?
CASTRACANI...
Apolo, naturalmente, me llamó al orden y la serenidad. “Empezá por el
principio, che –me recomendó-. No sabés un pepino de italiano. ¿Y si,
castracani significa otra cosa?”. Me arrojé esperanzado sobre el diccionario
y, con dedos torpes de ansiedad, pasé las hojas... Pero no. Significa
exactamente lo que parece.
Era evidente que al quía le repugnaba mi estado emocional. Mirando el
reloj con impaciencia, se excusó: “Uy, ya empieza el partido... y jugamos
con la Salonika. Tengo que estar por si los muchachos necesitan una mano
de dios”. Se despidió parado en el antepecho de la ventana -“Arrivederci,
ragazzo. Después te la mando a la Clio para que te ayude”- y se tiró.
“Ah –suspiré- ser un dios y volar”. Pero no voló. Picó suavecito sobre
un par de tejados como el chino de “El tigre y el dragón”, cayó sentado
al volante de una Lancia descapotable y salió arando. Aquí ninguno, nadie,
nunca, jamás desperdicia una oportunidad de subirse a la macchina.
Con Clio -buena mina, pero medio pesada- nos pusimos a investigar un poco.
En mi modesto manejo de la Edad Media, Castruccio Castracani era apenas
un nombre alguna vez leído, flotando confusamente junto a Guelfos, Ghibellinos
y... ¿Machiavello? En efecto, parece que a Machiavello le pasó con el
tipo lo mismo, más o menos, que a mí. ¡Mi pollo! Cubría un cargo diplomático
florentino en Lucca, cuando llama su atención la leyenda del condottiero
medieval cuyo recuerdo permanecía aún vivo en el imaginario de la ciudad.
Tanto lo impresiona que se documenta y, a principios de 1520, escribe
una corta biografía. Para algunos Castruccio Castracani es, además, el
inspirador primario de su obra máxima: “El Príncipe”.
Hacia fines del duecento y principios del trecento, la Toscana se debatía
en una guerra inacabable entre Lucca -aliada con Florencia- y Pisa. Pero
esa guerra entre ciudades expresaba, en realidad, el enfrentamiento entre
dos facciones -Guelfos y Ghibellinos- oposición que expresaba, en realidad,
el enfrentamiento –herencia de los Hohenstaufen- entre el Imperio y el
Papado. Los Guelfos no tardaron en dividirse en Blancos y Negros, división
que expresaba, en realidad, su ya consolidada afición a la partenogénesis
deportiva. Luego, los Blancos roscaron con los Ghibellinos. ¿O fue al
revés? Bah, nada, comparado con la interna del P.J.. Corría el año 1300
cuando el joven Castruccio –nacido en 1281, con fama de patotero y diestro
en el manejo de filo y punta, pero ghibellino en Lucca (que era como ser
“gallina” en Brandsen y Necochea)- es proscripto por los Guelfos y debe
huir. Elije Inglaterra. Allí, gracias a su mencionada destreza, logra
fama y la amistad del rey Eduardo II. Y también allí, gracias a su carácter
podrido, se bate con un noble de la corte y lo liquida. A pesar del acomodo,
debe huir. Elije Francia. Allí, como comandante de caballería a las órdenes
de Felipe ‘el hermoso’, participa con gloria en varias campañas. En 1304
debe retornar. No elije (los senderos no se bifurcan hacia atrás). Aquí,
enrolado en las tropas ghibellinas, enhebra un collar de éxitos políticos
y militares que van desde la victoria sobre los Guelfos de Lucca y la
conquista de la Señoría de la ciudad, pasando por la de Pisa y de vastas
zonas de la Toscana y la Liguria, hasta darles una paliza ejemplar a los
florentinos, en 1325, en la batalla de Altopascio. Cuando su amigo Ludovico
‘el bávaro’ es coronado emperador, liga un ñoqui como Delegado del Sacro
Imperio en Italia; pero debe dejar Roma para sofocar una rebelión en Pistoia.
Aunque triunfa militarmente, es derrotado (obviemos una inverosímil leyenda
que lo da por honrosamente herido en el asalto a Montopoli) por un roñoso
mosquito. La llanura luquense estaba aún en aquel tiempo salpicada de
pantanos y Castruccio Castracani muere de malaria el 3 de Setiembre de
1328 en su castillo de la Augusta (construcción encargada por él mismo
al Giotto), sin poder dar el golpe de gracia al ejército florentino y
sin lograr su sueño de unificar la Toscana en un solo y único estado.
Y, lo peor de todo, sin dejarme dicho el por qué de su apellido.
CASTRACANI...
Leyendo sobre el origen de la familia, encontré varias hipótesis acerca
de cómo ésta derivó de los Antelminelli (crema de los garcas luquenses).
Una de ellas sostiene que cada rama tomó el nombre de pila de su iniciador.
Los Castracani descenderían de un tal Castracanis (en latín) degli Antelminelli.
“¡ Latín –exclamé- cómo no se me ocurrió antes !” Si todavia recuerdo
algo de esos malditos seis años de nacional, castra canis podría significar
algo así como ‘campamento del perro’. Y eso ya no suena tan ‘cruel’, ¿no?...
“Cruel, no –me replica una voz interior- sólo insípido. Insípido y maricón,
amén de inverosímil (aunque sea idiomáticamente correcto). ¿Tan barata
se vende tu conciencia?”
Y... sí, ya sé; es una verdad chiquita. Pero es para ir tirando, nomás;
como un lexotanil. Es que ni con Apolo –ni con la piba que me mandó- la
cosa caminó. Tal vez invocando a Minerva. ¿Qué te parece...
...CASTRACANI?
Zicovicci (detto "il Seryio")
Lucca, 15 de marzo de 2003
Arq. Sergio Zicovich Wilson
|